Con la firma de Laura Serra, La Nación anuncia a toda orquesta un acuerdo opositor para limitar al kirchnerismo en el Congreso, en particular en la Cámara de Diputados. Un acuerdo un poco extraño, ya que sus autores todavía no saben a ciencia cierta cuántos integrantes tendrá cada bloque, y mucho menos cuántos van a ser en total. Especulan, según se dice, que serán entre 135 y 138. Pero estos números son pour la gallerie, ya que hasta el momento sólo una treintena de diputados hizo pública su voluntad de formar bloque y eligieron Presidente (Felipe Solá). Cualquiera que hubiera llegado con certeza al número mágico de 129 (oficialismo u oposición), no hubiera dudado en plantar bandera.
Más adelante en la nota, su autora exhibe su eterna mal intención hacia el Congreso, al decir sobre la conformación de las comisiones: “El reglamento de la Cámara no es preciso sobre la manera en que debería ser resuelta la integración de las comisiones: aunque sugiere que debería respetarse la proporción de los bloques, lo deja librado a las negociaciones políticas”. Ya se sabe que estos periodistas, aunque se los supone conocedores de normas y mecanismos, suelen adoptar el lenguaje de Doña Rosa. Cuando en la calle se habla de “la política” (o de “negociaciones políticas”) casi invariablemente se hace referencia a algo sucio. La autora debería saber y decir que todo en el Congreso es en base a “negociaciones políticas”, que todo queda “librado a negociaciones políticas”. Es la base del funcionamiento de todo cuerpo parlamentario. Si la búsqueda del acuerdo no funciona, está el número. Hoy el número no está, por lo tanto… hay negociaciones. Así de sencillo.
En alguna entrada anterior ya se habló de la frasecita “en lo posible” que utilizan los reglamentos para la conformación de las comisiones, y de la imposibilidad de conseguirlo en un cuerpo altamente fragmentado como los actuales. Mientras no esté claro cuántos diputados hay en cada bloque, es imposible determinar cuántos lugares en las comisiones va a tener cada uno. Lo único claro es que el oficialismo, o, mejor dicho, los K químicamente puros no deberían tener la mayoría por sí mismos, pero sí la primera minoría de cada comisión. Los demás lugares son para todo el arco no oficialista, que en esta circunstancia no es lo mismo que decir “arco opositor”. Y si se dice “todo el arco no oficialista” se incluye también a aquellos que eventualmente podrían votar con el oficialismo. Una verdadera ensalada, como se ve. Imposible de desentrañarse en la sesión preparatoria del próximo jueves, como se ve. A nadie debería sorprenderle que, como en todas las renovaciones, se delegue en el Presidente de la Cámara la designación de los integrantes de las comisiones a propuesta de los bloques. Habrá fuegos de artificio, pero las negociaciones continuarán por un buen tiempo después del juramento del pomposamente denominado “Nuevo Congreso”.
Observatorio unilateral del relato mediático sobre los congresos, parlamentos y/o legislaturas.
sábado, 28 de noviembre de 2009
lunes, 16 de noviembre de 2009
Muchos postulantes, un resultado previsible
Aunque cada día parece más difícil, la única posibilidad que tiene el no oficialismo de poner a alguien “propio” en la Presidencia de la Cámara de Diputados es votar todos por el mismo candidato. Esto es así porque el reglamento dispone que tal elección es “a pluralidad de sufragios”. La elección de autoridades del cuerpo es una de las pocas votaciones que se hacen en las cámaras del Congreso que no es por “sí” o por “no”, es decir que podría haber múltiples postulantes. Si cada bloque va a votar por su candidato, ganará indefectiblemente el del oficialismo (¿asistiremos a una discusión acerca de si “pluralidad de sufragios” significa o no “simple pluralidad de sufragios”?). Y si hay más de dos, también.
Es claro que sería un golpe mediático importante, y la agenda de la cámara podría resultar marcada por tal circunstancia, siempre y cuando las presidencias de las comisiones importantes cambien de manos. Es claro que tendría un valor simbólico enorme, y podría ser el inicio del fin de la era “K”.
Pero lo más mediático, si se me permite la expresión, es el carácter de integrante de la “sucesión presidencial” del Presidente de la Cámara de Diputados, lo que está sobredimensionado, a veces hasta el paroxismo. Veamos.
Se suele diferenciar la acefalía del Poder Ejecutivo en transitoria y en definitiva. La primera se da, la mayoría de las veces, cuando el/la Presidente/a realiza un viaje al exterior. En este caso, el Vicepresidente ocupa su lugar por el tiempo que dure la ausencia. Si el vice estuviera impedido por cualquier circunstancia (podría estar de viaje también), le correspondería ejercer el Poder Ejecutivo al Presidente Provisional del Senado, y si éste no pudiera, recién en este caso lo haría el Presidente de la Cámara de Diputados. Pero es una circunstancia transitoria, y la práctica indica que lo único que hacen es “cuidar” el sillón. El Vicepresidente actual ejerció varias veces el Poder Ejecutivo, y no hubo ninguna crisis ni remoción de funcionarios ni nada que se le parezca. El único episodio que indicaría la desconfianza entre la Presidenta y su vice fue la promulgación express del proyecto de Ley de Medios Audiovisuales, dado el inminente viaje de ella, y la asunción transitoria de él.
Es decir que por el lado de la acefalía transitoria, poco es lo que un Presidente de la Cámara de Diputados opositor podría influir.
Para el caso de la permanente, y a falta de Vicepresidente, la única función tanto del Presidente Provisional del Senado como el de la Cámara de Diputados es citar a la Asamblea Legislativa en un plazo brevísimo para que sea este cuerpo el que designe al funcionario que cumpliría con el mandato inconcluso (un gobernador, un senador, un diputado o el Presidente electo, si lo hubiere), además de, otra vez, cuidar el sillón hasta que la decisión se produzca.
Por lo anterior, en mi opinión es poco apropiado que se le asigne una gran importancia al cambio de manos de la Cámara de Diputados desde el punto de vista de la sucesión presidencial. Sí, por supuesto, tiene peso en cuanto a quién es más fuerte. En términos de “señales” que tanto les gustan al periodismo, sería un gran cartelón, pero también, tal vez, un papelón.
Es claro que sería un golpe mediático importante, y la agenda de la cámara podría resultar marcada por tal circunstancia, siempre y cuando las presidencias de las comisiones importantes cambien de manos. Es claro que tendría un valor simbólico enorme, y podría ser el inicio del fin de la era “K”.
Pero lo más mediático, si se me permite la expresión, es el carácter de integrante de la “sucesión presidencial” del Presidente de la Cámara de Diputados, lo que está sobredimensionado, a veces hasta el paroxismo. Veamos.
Se suele diferenciar la acefalía del Poder Ejecutivo en transitoria y en definitiva. La primera se da, la mayoría de las veces, cuando el/la Presidente/a realiza un viaje al exterior. En este caso, el Vicepresidente ocupa su lugar por el tiempo que dure la ausencia. Si el vice estuviera impedido por cualquier circunstancia (podría estar de viaje también), le correspondería ejercer el Poder Ejecutivo al Presidente Provisional del Senado, y si éste no pudiera, recién en este caso lo haría el Presidente de la Cámara de Diputados. Pero es una circunstancia transitoria, y la práctica indica que lo único que hacen es “cuidar” el sillón. El Vicepresidente actual ejerció varias veces el Poder Ejecutivo, y no hubo ninguna crisis ni remoción de funcionarios ni nada que se le parezca. El único episodio que indicaría la desconfianza entre la Presidenta y su vice fue la promulgación express del proyecto de Ley de Medios Audiovisuales, dado el inminente viaje de ella, y la asunción transitoria de él.
Es decir que por el lado de la acefalía transitoria, poco es lo que un Presidente de la Cámara de Diputados opositor podría influir.
Para el caso de la permanente, y a falta de Vicepresidente, la única función tanto del Presidente Provisional del Senado como el de la Cámara de Diputados es citar a la Asamblea Legislativa en un plazo brevísimo para que sea este cuerpo el que designe al funcionario que cumpliría con el mandato inconcluso (un gobernador, un senador, un diputado o el Presidente electo, si lo hubiere), además de, otra vez, cuidar el sillón hasta que la decisión se produzca.
Por lo anterior, en mi opinión es poco apropiado que se le asigne una gran importancia al cambio de manos de la Cámara de Diputados desde el punto de vista de la sucesión presidencial. Sí, por supuesto, tiene peso en cuanto a quién es más fuerte. En términos de “señales” que tanto les gustan al periodismo, sería un gran cartelón, pero también, tal vez, un papelón.
lunes, 9 de noviembre de 2009
"¿Vos sos pera? ¿O manzana? ¿O sandía? ¿O uva? ¿O...?"
En Página/12 de hoy, se publican un par de notas sobre la futura composición de las comisiones a partir del 10 de diciembre (aquí y aquí). Como ya dije, al periodismo se le dice cuál es la posición de máxima en este asunto. (Recordemos que, en cualquier negociación, uno tiene una aspiración máxima, que es la que se expone en primer lugar, y una de mínima, que queda convenientemente en reserva. En teoría cualquier punto intermedio nos debería satisfacer. El ejemplo básico es la venta de nuestro departamento, casa, auto, computadora, heladera, etc.: pedimos X pesos, sabiendo que esa cantidad no la van a pagar, y terminamos arreglando por algo menos, que es aproximadamente el valor que suponemos tiene el bien que queríamos vender. Aunque simplista, este es el esquema de los chisporroteos que se están dando.)
Los reglamentos de ambas cámaras del Congreso disponen que las comisiones reflejarán la composición política del cuerpo, dentro de lo posible (artículo 105, de Diputados; y el 91, del Senado). La clave está en la frase “en lo posible” que utilizan ambas normas. Si sólo hubieran dos, tres, cuatro bloques, no habría dificultad en reflejar su proporción en las comisiones. Pero con cerca de cuarenta en diputados y más de veinte en el Senado, es directamente imposible. Si cerca de la mitad de estos bloques son unipersonales, ¿cómo hacer para que cada uno de ellos tenga algún lugar en las comisiones?
Es muy pronto todavía para saber cómo va a ser la composición de ambas cámaras a partir del 10 de diciembre. Lo único que tenemos, a lo sumo, son números aproximados. La dificultad está precisamente en saber cómo se van a dar los reacomodamientos entre los bloques. Cada uno tendrá una idea más o menos certera de cuántos legisladores “propios” tendrá, pero nadie lo sabe con seguridad. El oficialismo podrá aspirar a mantener la mayoría en las comisiones sumando aliados. Al no oficialismo le aguarda una tarea ímproba: por un lado, verificar que el FPV no se lleve esa mayoría por sí solo, pero por otro que los aliados al oficialismo no le copen los lugares. Si insiste con la proporción 60-40, si insiste con esta visión simplista del asunto, se va a llevar más de una sorpresa…
Los reglamentos de ambas cámaras del Congreso disponen que las comisiones reflejarán la composición política del cuerpo, dentro de lo posible (artículo 105, de Diputados; y el 91, del Senado). La clave está en la frase “en lo posible” que utilizan ambas normas. Si sólo hubieran dos, tres, cuatro bloques, no habría dificultad en reflejar su proporción en las comisiones. Pero con cerca de cuarenta en diputados y más de veinte en el Senado, es directamente imposible. Si cerca de la mitad de estos bloques son unipersonales, ¿cómo hacer para que cada uno de ellos tenga algún lugar en las comisiones?
Es muy pronto todavía para saber cómo va a ser la composición de ambas cámaras a partir del 10 de diciembre. Lo único que tenemos, a lo sumo, son números aproximados. La dificultad está precisamente en saber cómo se van a dar los reacomodamientos entre los bloques. Cada uno tendrá una idea más o menos certera de cuántos legisladores “propios” tendrá, pero nadie lo sabe con seguridad. El oficialismo podrá aspirar a mantener la mayoría en las comisiones sumando aliados. Al no oficialismo le aguarda una tarea ímproba: por un lado, verificar que el FPV no se lleve esa mayoría por sí solo, pero por otro que los aliados al oficialismo no le copen los lugares. Si insiste con la proporción 60-40, si insiste con esta visión simplista del asunto, se va a llevar más de una sorpresa…
lunes, 26 de octubre de 2009
Sumando peras y manzanas
Si en un cuerpo parlamentario uno de sus bloques es la primera minoría, la conclusión obvia es… ¡que no hay mayoría!
A medida que se acerca la fecha en que se incorporarán los diputados y senadores electos en las últimas elecciones, que se acerca el momento en el cual el oficialismo no contará con la mayoría en la Cámara de Diputados, los chisporroteos sobre los espacios a ocupar se van a llevar la mayor parte de los titulares.
A partir del 10 de diciembre, para cada votación y decisión habrá que barajar y dar de nuevo. Salvo que se consolide una situación en la que varios grupos de diputados se comprometan a votar juntos en todo tipo de circunstancia, a lo que se llama… ¡sí! ¡mayoría!
Las informaciones que se están publicando dan cuenta, como no puede ser de otra manera, de las posiciones de máxima que plantean los bloques: el no oficialismo dice que debe ocupar la Presidencia, la Vicepresidencia 1ª de la Cámara y las presidencias de las comisiones, lo que podrá hacerse realidad sí y sólo sí lograran todos los diputados opositores ponerse de acuerdo. Además, deberían desconocer la costumbre según la cual la Presidencia del cuerpo le corresponde al sector con más diputados. Por otro lado, esta aspiración también supone que el oficialismo no dialoga ni intenta acercar posiciones con ningún otro bloque, algo poco imaginable.
Aunque la práctica indica que la adjudicación de todos los espacios de poder de las cámaras es en base a conversaciones previas, se debe recordar que todos y cada uno de ellos se deciden por votación; y como se dialogó previamente, casi todas de estas votaciones son unánimes. Posiblemente, en los meses subsiguientes al 10 de diciembre asistiremos a un espectáculo inédito en el sentido de que las presidencias y vicepresidencias de las comisiones (o algunas de ellas) surgirán de votaciones divididas. Si este fuera el caso, entonces sabremos que nadie, repito y subrayo, nadie está dispuesto al diálogo. Es decir, no habría diálogo entre los sectores más numerosos, pese a las declamaciones. Y todo se limitaría a un juego de seducción de uno y de otro lado sobre aquellos bloques minoritarios que no necesariamente tienen una posición tomada de antemano.
Preguntita al margen para periodistas: si el Presidente de un sector político le dice a otro “si tu bloque vota positivamente el asunto X, mi bloque va a votar favorablemente el asunto Z”, ¿cómo lo van a llamar? ¿Diálogo o toma y daca? ¿Conversación o cooptación? Van a tener que decidirse, porque es una situación que se va a repetir. Y espero que midan todas con la misma vara…
A medida que se acerca la fecha en que se incorporarán los diputados y senadores electos en las últimas elecciones, que se acerca el momento en el cual el oficialismo no contará con la mayoría en la Cámara de Diputados, los chisporroteos sobre los espacios a ocupar se van a llevar la mayor parte de los titulares.
A partir del 10 de diciembre, para cada votación y decisión habrá que barajar y dar de nuevo. Salvo que se consolide una situación en la que varios grupos de diputados se comprometan a votar juntos en todo tipo de circunstancia, a lo que se llama… ¡sí! ¡mayoría!
Las informaciones que se están publicando dan cuenta, como no puede ser de otra manera, de las posiciones de máxima que plantean los bloques: el no oficialismo dice que debe ocupar la Presidencia, la Vicepresidencia 1ª de la Cámara y las presidencias de las comisiones, lo que podrá hacerse realidad sí y sólo sí lograran todos los diputados opositores ponerse de acuerdo. Además, deberían desconocer la costumbre según la cual la Presidencia del cuerpo le corresponde al sector con más diputados. Por otro lado, esta aspiración también supone que el oficialismo no dialoga ni intenta acercar posiciones con ningún otro bloque, algo poco imaginable.
Aunque la práctica indica que la adjudicación de todos los espacios de poder de las cámaras es en base a conversaciones previas, se debe recordar que todos y cada uno de ellos se deciden por votación; y como se dialogó previamente, casi todas de estas votaciones son unánimes. Posiblemente, en los meses subsiguientes al 10 de diciembre asistiremos a un espectáculo inédito en el sentido de que las presidencias y vicepresidencias de las comisiones (o algunas de ellas) surgirán de votaciones divididas. Si este fuera el caso, entonces sabremos que nadie, repito y subrayo, nadie está dispuesto al diálogo. Es decir, no habría diálogo entre los sectores más numerosos, pese a las declamaciones. Y todo se limitaría a un juego de seducción de uno y de otro lado sobre aquellos bloques minoritarios que no necesariamente tienen una posición tomada de antemano.
Preguntita al margen para periodistas: si el Presidente de un sector político le dice a otro “si tu bloque vota positivamente el asunto X, mi bloque va a votar favorablemente el asunto Z”, ¿cómo lo van a llamar? ¿Diálogo o toma y daca? ¿Conversación o cooptación? Van a tener que decidirse, porque es una situación que se va a repetir. Y espero que midan todas con la misma vara…
jueves, 15 de octubre de 2009
"No es para mal de naides..."
Entre mis pocos lectores, hay algunos a los que aprecio y respeto que me reprochan mi tendencia a descalificar las críticas que se le hacen al Congreso por no atender al modo en que allí se hacen las cosas. Y tienen razón… en parte.
Va en contra de las reglas de la lógica argumentar “porque así se hicieron siempre las cosas”. Por otro lado, mi profesora adjunta favorita alguna vez dijo en un curso que “todo los días hay homicidios. Esto no me permite justificarlos ni decir que están permitidos”. Todo esto es cierto.
Pero admitamos cierta graduación en esto. Admitamos también que hay actividades que se nutren y se construyen con su práctica, como la parlamentaria, precisamente. O, más ampliamente, la constitucional. Se puede traer a la memoria la imagen de la catedral gótica construida durante siglos y por varias generaciones expuesta por Nino en sus Fundamentos de Derecho Constitucional. Si cada generación va a destruir lo que hizo la anterior, la obra jamás podría haberse terminado.
Los reglamentos parlamentarios son (sólo) una garantía para las minorías, pero si algo los caracteriza es que sus palabras, sus normas, no son sacramentales, porque se reconoce que también hay que observar cómo se hacen las cosas. Habrá prácticas y costumbres que al principio pudieron ser adecuadas, pero no nos gusta por dónde van transitando. Se deberá desandar el camino o abrir otro. Este es, creo, el acuerdo de base tácito de todos los actores parlamentarios.
Por lo anterior, es que me parece desleal patear el tablero el hacerse los distraídos y poner el grito en el cielo cuando algo se hace de acuerdo a la práctica habitual, sin haberla “denunciado” previamente, montándose así a la agenda y a las necesidades de medios y periodistas cuyo fin parece ser, en la mayoría de los casos, buscar el desprestigio de la institución parlamentaria.
Va en contra de las reglas de la lógica argumentar “porque así se hicieron siempre las cosas”. Por otro lado, mi profesora adjunta favorita alguna vez dijo en un curso que “todo los días hay homicidios. Esto no me permite justificarlos ni decir que están permitidos”. Todo esto es cierto.
Pero admitamos cierta graduación en esto. Admitamos también que hay actividades que se nutren y se construyen con su práctica, como la parlamentaria, precisamente. O, más ampliamente, la constitucional. Se puede traer a la memoria la imagen de la catedral gótica construida durante siglos y por varias generaciones expuesta por Nino en sus Fundamentos de Derecho Constitucional. Si cada generación va a destruir lo que hizo la anterior, la obra jamás podría haberse terminado.
Los reglamentos parlamentarios son (sólo) una garantía para las minorías, pero si algo los caracteriza es que sus palabras, sus normas, no son sacramentales, porque se reconoce que también hay que observar cómo se hacen las cosas. Habrá prácticas y costumbres que al principio pudieron ser adecuadas, pero no nos gusta por dónde van transitando. Se deberá desandar el camino o abrir otro. Este es, creo, el acuerdo de base tácito de todos los actores parlamentarios.
Por lo anterior, es que me parece desleal patear el tablero el hacerse los distraídos y poner el grito en el cielo cuando algo se hace de acuerdo a la práctica habitual, sin haberla “denunciado” previamente, montándose así a la agenda y a las necesidades de medios y periodistas cuyo fin parece ser, en la mayoría de los casos, buscar el desprestigio de la institución parlamentaria.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Herrar es umano
Si algo le faltaba a la ley de medios es un descuido en las remisiones internas producto de las modificaciones que se le hicieron.
¿Qué es una “remisión interna”? Una remisión interna es, simplemente, una referencia realizada entre dos normas de una misma ley para mantenerlas enlazadas o ligadas. Por ejemplo, la Constitución enumera los requisitos para que una persona sea elegida Presidente de la Nación y agrega “las demás calidades exigidas para ser elegido senador”, es decir están enlazados los artículos 89 y 55. También podría hacerse una referencia directa, como por ejemplo cuando en una ley se dice que tal o cual situación se resolverá de acuerdo a lo dispuesto en tal o cual de sus artículos.
Esto es lo que se hace en los artículos 95 y 124 de la ley de medios, entre muchos otros. Pero el apuro, las modificaciones, la falta de atención, impidieron realizar las correcciones que correspondían. Las remisiones internas del texto que salió de la Cámara de Diputados en estos dos artículos resultaban incoherentes.
En el Congreso, como decía un antiguo jefe mío, todo se hace con “tracción a sangre”: los adelantos de la tecnología se van incorporando muy lentamente, los escritos todavía se deben imprimir en papel, ponerles un sello de goma a mano y firmarlas de puño y letra en cada hoja. Es decir que cada una de ellas deben ser transcriptas, y leídas y releídas para que haya coincidencia entre los documentos que se van encadenando (proyecto, dictamen y sanción). Las necesidades de la política a veces son mucho más urgentes que los mecanismos necesarios para producir cada instrumento. Por lo tanto, los errores y las consiguientes “fe de erratas” son más habituales que lo que la prudencia indicaría. Estas correcciones se materializan en comunicaciones que se envían los secretarios parlamentarios de cada Cámara. Es una práctica que, tal vez, se convirtió en demasiado frecuente. Pero es conocida y aceptada.
Algún purista podrá espantarse. Habrá que analizar caso por caso de estas erratas para determinar la real afectación a los derechos. No se las puede dar por sentadas para no convalidar modificaciones posteriores a una sanción. Pero si se trata de errores materiales fácilmente salvables… bueno, las vestiduras rasgadas son una respuesta algo exagerada.
Es verdad: en el tratamiento de este proyecto en particular debería haberse extremado todos y cada uno de los cuidados, los sustanciales y los formales. Pero todo se tensó tanto que todo se exagera: el apuro del oficialismo, y las lupas que se ponen desde el otro lado. Todo es slogan, y todo es una opereta.
¿Qué es una “remisión interna”? Una remisión interna es, simplemente, una referencia realizada entre dos normas de una misma ley para mantenerlas enlazadas o ligadas. Por ejemplo, la Constitución enumera los requisitos para que una persona sea elegida Presidente de la Nación y agrega “las demás calidades exigidas para ser elegido senador”, es decir están enlazados los artículos 89 y 55. También podría hacerse una referencia directa, como por ejemplo cuando en una ley se dice que tal o cual situación se resolverá de acuerdo a lo dispuesto en tal o cual de sus artículos.
Esto es lo que se hace en los artículos 95 y 124 de la ley de medios, entre muchos otros. Pero el apuro, las modificaciones, la falta de atención, impidieron realizar las correcciones que correspondían. Las remisiones internas del texto que salió de la Cámara de Diputados en estos dos artículos resultaban incoherentes.
En el Congreso, como decía un antiguo jefe mío, todo se hace con “tracción a sangre”: los adelantos de la tecnología se van incorporando muy lentamente, los escritos todavía se deben imprimir en papel, ponerles un sello de goma a mano y firmarlas de puño y letra en cada hoja. Es decir que cada una de ellas deben ser transcriptas, y leídas y releídas para que haya coincidencia entre los documentos que se van encadenando (proyecto, dictamen y sanción). Las necesidades de la política a veces son mucho más urgentes que los mecanismos necesarios para producir cada instrumento. Por lo tanto, los errores y las consiguientes “fe de erratas” son más habituales que lo que la prudencia indicaría. Estas correcciones se materializan en comunicaciones que se envían los secretarios parlamentarios de cada Cámara. Es una práctica que, tal vez, se convirtió en demasiado frecuente. Pero es conocida y aceptada.
Algún purista podrá espantarse. Habrá que analizar caso por caso de estas erratas para determinar la real afectación a los derechos. No se las puede dar por sentadas para no convalidar modificaciones posteriores a una sanción. Pero si se trata de errores materiales fácilmente salvables… bueno, las vestiduras rasgadas son una respuesta algo exagerada.
Es verdad: en el tratamiento de este proyecto en particular debería haberse extremado todos y cada uno de los cuidados, los sustanciales y los formales. Pero todo se tensó tanto que todo se exagera: el apuro del oficialismo, y las lupas que se ponen desde el otro lado. Todo es slogan, y todo es una opereta.
miércoles, 7 de octubre de 2009
La divina proporción
Hagamos una prueba: vamos a leer el artículo 81 de la Constitución Nacional de corrido, sin respirar. Es un poco largo, pero hagamos el intento…
Si uno no leyó nunca antes ese artículo, apuesto lo que quiera a que no se entiende. Es una verdadera ensalada, lleno de condicionales y situaciones diversas.
Este artículo es el que prevé qué pasa si hay desacuerdo entre las cámaras del Congreso Nacional respecto de un proyecto de ley, es decir si la cámara revisora modifica una iniciativa aprobada previamente por la cámara de origen. Una muy buena síntesis del procedimiento para la formación y sanción de las leyes se puede ver aquí.
Félix Loñ es un afamado constitucionalista de los que suelen ser consultados por los medios. Es evidente que tiene muy en claro no sólo el artículo 81, sino, seguramente, toda la Constitución. Fue reporteado por elparlamentario.com sobre las alternativas que podrían darse en caso de modificarse la famosa “ley de medios potasio” (Arballo dixit. Potasio, K, potasio, K. Me costó captarlo, pero cuando pude, me causó mucha gracia).
Lo que dice Loñ es inentendible, tan mezclado como la redacción del artículo 81. Empieza con una obviedad: “los dos tercios en Diputados es una utopía”. Es cierto, pero tan utopía como que el proyecto sea modificado en el Senado con los dos tercios de los votos, única opción para que ésa sea la mayoría necesaria para que la Cámara de Diputados insista con su redacción. Pero en la forma en que se presenta en la entrevista pareciera que si el Senado cambiara una coma sin importar con cuántos votos, los diputados sí o sí debieran juntar los dos tercios. Si volvemos a leer despacito el artículo 81, vemos que “La Cámara de origen [Diputados, en este caso] podrá por mayoría absoluta de los presentes aprobar el proyecto con las adiciones o correcciones introducidas o insistir en la redacción originaria, a menos que las adiciones o correcciones las haya realizado la revisora por dos terceras partes de los presentes.” Queda claro, entonces, que si el Senado modifica el proyecto por mayoría absoluta de los presentes, es esa la mayoría que se va a precisar en Diputados tanto para aceptar las modificaciones como para insistir en su redacción. Esto es independiente de los aspectos políticos del asunto, léase victoria o derrota del gobierno por no haber conseguido la sanción definitiva en el Senado (¿todo tiene que ser tan absoluto?).
A continuación, Loñ juega con los números de una manera más propia de un estudiante que recién empieza: habla de los 154 votos que obtuvo el proyecto en Diputados (en realidad, fueron 147 sobre 151 presentes), identificando tal cantidad con los dos tercios. Pero, salvo que la Constitución mande contar sobre la totalidad de miembros de las cámaras, toda mayoría va a ser relativa. Si, por ejemplo, Diputados sesiona con quórum estricto (129 legisladores en sus bancas), y la votación sale 129 a 0, vamos a tener unanimidad, pero presentarlo de esa manera es por lo menos aventurado. Si, en el caso que nos ocupa, los 104 diputados que se fueron denunciando terribles nulidades de procedimiento cambian de parecer y se quedan en el recinto, para el oficialismo sería imposible conseguir los dos tercios (de lo contrario, sólo sería un trámite), pero no tendrían mayor inconveniente en insistir en la redacción originaria con aquellos 147 votos o, incluso, con 129 (volviendo a dejar los aspectos políticos aparte).
En fin, lo de siempre: un periodista descuidado, un reporteado que se hace el distraído y un producto absolutamente tendencioso. Pero resulta que el entrevistador es un medio especializado en cuestiones parlamentarias y el entrevistado es también un estudioso de estos asuntos. ¿Cómo hay que interpretar semejante “negligencia”?
Si uno no leyó nunca antes ese artículo, apuesto lo que quiera a que no se entiende. Es una verdadera ensalada, lleno de condicionales y situaciones diversas.
Este artículo es el que prevé qué pasa si hay desacuerdo entre las cámaras del Congreso Nacional respecto de un proyecto de ley, es decir si la cámara revisora modifica una iniciativa aprobada previamente por la cámara de origen. Una muy buena síntesis del procedimiento para la formación y sanción de las leyes se puede ver aquí.
Félix Loñ es un afamado constitucionalista de los que suelen ser consultados por los medios. Es evidente que tiene muy en claro no sólo el artículo 81, sino, seguramente, toda la Constitución. Fue reporteado por elparlamentario.com sobre las alternativas que podrían darse en caso de modificarse la famosa “ley de medios potasio” (Arballo dixit. Potasio, K, potasio, K. Me costó captarlo, pero cuando pude, me causó mucha gracia).
Lo que dice Loñ es inentendible, tan mezclado como la redacción del artículo 81. Empieza con una obviedad: “los dos tercios en Diputados es una utopía”. Es cierto, pero tan utopía como que el proyecto sea modificado en el Senado con los dos tercios de los votos, única opción para que ésa sea la mayoría necesaria para que la Cámara de Diputados insista con su redacción. Pero en la forma en que se presenta en la entrevista pareciera que si el Senado cambiara una coma sin importar con cuántos votos, los diputados sí o sí debieran juntar los dos tercios. Si volvemos a leer despacito el artículo 81, vemos que “La Cámara de origen [Diputados, en este caso] podrá por mayoría absoluta de los presentes aprobar el proyecto con las adiciones o correcciones introducidas o insistir en la redacción originaria, a menos que las adiciones o correcciones las haya realizado la revisora por dos terceras partes de los presentes.” Queda claro, entonces, que si el Senado modifica el proyecto por mayoría absoluta de los presentes, es esa la mayoría que se va a precisar en Diputados tanto para aceptar las modificaciones como para insistir en su redacción. Esto es independiente de los aspectos políticos del asunto, léase victoria o derrota del gobierno por no haber conseguido la sanción definitiva en el Senado (¿todo tiene que ser tan absoluto?).
A continuación, Loñ juega con los números de una manera más propia de un estudiante que recién empieza: habla de los 154 votos que obtuvo el proyecto en Diputados (en realidad, fueron 147 sobre 151 presentes), identificando tal cantidad con los dos tercios. Pero, salvo que la Constitución mande contar sobre la totalidad de miembros de las cámaras, toda mayoría va a ser relativa. Si, por ejemplo, Diputados sesiona con quórum estricto (129 legisladores en sus bancas), y la votación sale 129 a 0, vamos a tener unanimidad, pero presentarlo de esa manera es por lo menos aventurado. Si, en el caso que nos ocupa, los 104 diputados que se fueron denunciando terribles nulidades de procedimiento cambian de parecer y se quedan en el recinto, para el oficialismo sería imposible conseguir los dos tercios (de lo contrario, sólo sería un trámite), pero no tendrían mayor inconveniente en insistir en la redacción originaria con aquellos 147 votos o, incluso, con 129 (volviendo a dejar los aspectos políticos aparte).
En fin, lo de siempre: un periodista descuidado, un reporteado que se hace el distraído y un producto absolutamente tendencioso. Pero resulta que el entrevistador es un medio especializado en cuestiones parlamentarias y el entrevistado es también un estudioso de estos asuntos. ¿Cómo hay que interpretar semejante “negligencia”?
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